jueves, 27 de noviembre de 2008

La historia de una familia inmigrnate

En 1905 un hombre llamado José, dejó Castilla la Vieja en España, embarcó rumbo a un país que lo esperaba muy al sur de donde el vivía, se trajo una valija con unas mudas, creo que una foto de su esposa y unos viejos zapatos que acompañaban un traje, no menos viejos que el calzado. Dejo en el puerto a una mujer, de cara alargada, cejas anchas y sonrisa melancólica, estaba acompañada de dos niños, de tres y cuatro años.
El llego a la Argentina, país maravilloso, que le abrió las puertas y le permitió soñar y buscar un mejor futuro para el y para los que quedaban en su tierra natal, quizás también con la esperanza de hacer fortuna y volver con su familia.
Cuando llego al puerto un contacto le dio información de unas canteras que existían en Malagueño en la provincia de Córdoba, donde el trabajo duro le permitiera hacer algún "morlaco", y ahí se quedó un par de años, mientras las cartas de su tierra natal no dejaban de llegar y de partir con alguna promesa de reencuentro y quizás con algún dinero para poder ayudar a sostener la dura vida de la tierra madre.
En 1910 don José recibió una foto de dos niños algo mas grandecitos y de una señora con un vestido de cuello muy alto y rodete muy ceñido, con algo escrito en el reverso que decía "le mando este recuerdo por las dudas nos pase algo en el viaje a la Argentina". Eso significaba que ya tenia el dinero suficiente y viajaban al país que les daría la posibilidad de progresar.
Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires a doña Brigida y a los niños los esperaba don José y un amigo que los traslado a todos juntos a Malagueño donde pasaron un tiempo, y luego se mudaron a un valle, hermoso, lleno de tierra fértil para labrar.
Doña Brigida parió a ocho hijos y cuando el hijo mas chico tenia catorce años falleció, y don José al poco tiempo se volvió a casar con una señora que le ayudo a seguir adelante.
La descendencia de esta historia tuvieron la posibilidad de soñar con cada semilla que plantaban, con llorar con con cada piedra que destrozaba todo, con reír cada vez que las bolsas de maíz estaban llenas, con amanecer en un lugar donde el sol era el reloj que marcaba la hora de bajarse del tractor, de sentir el olor a taller en la ropa, a sentir las manos curtidas por el frió, a forjarse un futuro mejor en una tierra que ya era suya, que les era propia.


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